Se argumenta que el mejor programa de entrenamiento teológico y misionero tiene poco valor sin la llenura del Espíritu Santo. Para ser productivos, es necesario trabajar para Dios en dependencia de Él, bajo la unción, presencia y poder del Espíritu Santo.
Se subraya que el trabajo realizado en el espíritu desata la unción de productividad y bendición, llevando a la multiplicación. Este principio se aplica tanto al ministerio como a la vida personal.