La fe comienza al mirar a Dios y no a los gigantes, afirma el pastor, destacando que Josué y Caleb entraron a la tierra prometida porque se enfocaron en el Señor y declararon su poder, mientras los otros diez espías, centrados en las dificultades, murieron en el desierto.
La incredulidad entristece a Dios, deshonra su nombre y ata sus manos para obrar milagros, como en Nazaret donde Jesús no pudo hacer ninguno por la falta de fe de los habitantes. En cambio, la fe atrae bendiciones, posiciona al creyente en las manos de Dios y glorifica al Señor.
Jesús enseña que una fe pequeña como un grano de mostaza basta para mover montañas, porque el poder radica en el gran Dios, no en el tamaño de la fe. Ejemplos como el centurión romano y la mujer sirofenicia, extranjeros que creyeron, recibieron sanidad y liberación para sus seres queridos.
El orden divino es creer para ver: Abraham creyó la promesa de descendencia numerosa y la vio cumplida. Sin fe es imposible agradar a Dios, y solo la fe audaz deleita su corazón.