La falta de fe enoja más a Dios que otros pecados y bloquea los milagros, según explica el pastor en su prédica. Jesús responde a la fe genuina, como en los casos de Bartimeo, la mujer con flujo de sangre y los ciegos de Jericó, donde les dijo que su fe los había sanado después de preguntarles si creían en su poder.
La incredulidad crea ambientes tóxicos que debilitan la fe ajena, como ocurrió con el padre del niño endemoniado al bajar Jesús de la transfiguración, donde los discípulos fallaron y Jesús los llamó generación incrédula. En Nazaret, la incredulidad local limitó los milagros de Jesús. Para contrarrestarlo, el pastor insta a crear un ambiente propio de fe mediante tiempo a solas con Dios en oración y lectura bíblica.
La fe viene por oír la Palabra de Dios pero también se pierde por oír mensajeros del desaliento, como en la historia de Jairo, cuyo hija murió pero Jesús le dijo no temer y solo tener fe, ignorando las malas noticias. Igual con Isabel, madre de Juan el Bautista, que se apartó cinco meses para proteger su milagro del esposo incrédulo.
El secreto es pasar más tiempo en el lugar secreto con el Señor, evitar gente tóxica que dice que es tarde o imposible, y confiar en las promesas de Dios como Abraham, Josué y Caleb. La fe glorifica a Dios y atrae bendiciones, uniendo al creyente con Jesús, que es el autor de la fe.
El pastor cierra bendiciendo a la audiencia para que vivan una semana de milagros en atmósfera de fe, con la gracia de Jesucristo, amor del Padre y comunión del Espíritu Santo.