La DEA lanzó la operación Cassandra para desmantelar las redes criminales de Hezbollah, conectando la explosión en el puerto de Beirut de 2020 con el almacenamiento de nitrato de amonio por parte de la organización chiíta, que opera como un cártel de droga transnacional más peligroso que Al Qaeda.
El exagente Jack Kelly, quien dirigió operaciones especiales de la DEA tras el 11-S, relató cómo siguieron el dinero de los cárteles colombianos y descubrieron vínculos con Hezbollah en Latinoamérica. En Colombia, interceptaron conversaciones en árabe y se infiltraron con agentes encubiertos que hablaban el idioma.
El cabecilla Chekri Harb, apodado Talibán, admitió colaborar con Hezbollah para enviar toneladas de cocaína desde Colombia a Aqaba en Jordania, vía Siria al Líbano, y les pidió lavar 20 millones de dólares. El agente encubierto aceptó el dinero, convirtiéndose en figura clave para operaciones en Oriente Medio.
La conexión entre narcotráfico colombiano de Medellín y Hezbollah, responsable de más muertes de estadounidenses que cualquier grupo antes del 11-S, chocó con escepticismo en el gobierno de EE.UU., que dudaba de la participación religiosa en drogas. Miembros de Hezbollah niegan todo, alegando que las drogas son haram y que son solo un movimiento de resistencia contra la corrupción.
La organización chiíta, infiltrada en la política libanesa por 40 años, sueña con imponer la sharia como en Irán y goza de impunidad, según la investigación que abarcó cuatro continentes.