Esther Kiferteaga, una vendedora ambulante de 68 años, relata que hace dos o tres años que no consume carne vacuna. La situación económica y el aumento de precios la han llevado a modificar drásticamente sus hábitos de consumo.
Antes, Esther podía darse el gusto de ir a un restaurante o comprarse un abrigo. Hoy, ni siquiera puede permitirse un plato de fideos con estofado. La imposibilidad de acceder a productos básicos como la carne refleja la profunda crisis económica que atraviesa el país y el impacto directo en la vida de los sectores más vulnerables.