La dificultad para sostener la frustración y el miedo al fracaso, exacerbada por la presión de las redes sociales y la necesidad de aceptación, es un tema recurrente en la adolescencia y adultez temprana. Los especialistas enfatizan la importancia de aprender a "fracasar" y a levantarse tras las caídas, viendo el fracaso no como un error definitivo sino como una oportunidad de aprendizaje.
Se subraya la necesidad de separar la identidad personal del concepto de fracaso, ya que este último es una circunstancia temporal y no define quién es uno como individuo. La presión social y familiar, especialmente en deportes y otras actividades de alto rendimiento, puede magnificar el impacto negativo de los fracasos en la formación de la personalidad.
Las terapias cognitivo-conductuales se presentan como herramientas fundamentales para ayudar a los jóvenes a desarrollar resiliencia y una autoimagen saludable, separando sus logros de su valor intrínseco. La contención familiar y social juega un rol crucial en este proceso.