Se abordó la duda como una emoción venenosa y una fuente de debilidad para los cristianos. Se explicó que la duda surge de los temores e intimidaciones, y que la persona que duda es inconstante.
Para combatir la duda, se recomendó conocer y aprender la palabra de Dios, buscandola con el respaldo del Espíritu Santo para obtener revelaciones profundas. Se sugirió sembrar una semilla de fe en medio de la duda para fortalecerla y eliminarla.
Se advirtió no dejar que el temor genere duda y que las circunstancias no respondidas por Dios generen desconfianza, ya que Dios siempre tiene un plan perfecto. Se animó a creer en Dios y a no rendirse, manteniendo la fe firme.