Se destacó la importancia del Espíritu Santo como fuerza motriz de la Iglesia desde su inicio en Pentecostés, siendo el que habita en los creyentes y en la congregación como templo.
Se enfatizó que el Espíritu Santo enseña la voluntad de Dios, recuerda las enseñanzas de Jesús y guía al conocimiento profundo de Dios, siendo el maestro eterno en el aprendizaje espiritual.
Además, se señaló que el Espíritu Santo otorga poder a la Iglesia, no para enaltecer, sino para ser humilde, vencer la tentación, vivir en santidad y, fundamentalmente, para el testimonio y la misión evangelizadora.
Se describió el poder del Espíritu Santo como el secreto del crecimiento de la iglesia primitiva y de cualquier ministerio eficaz, capacitando para compartir la vida del reino de Dios.