Se expuso que el Espíritu Santo otorga poder a la Iglesia, no para engrandecer a los individuos, sino para ser humildes, vencer la tentación y el pecado, y para el testimonio y la misión evangelizadora.
Se aclaró que este poder no dignifica ni exalta por encima de los demás, sino que conduce a la humildad y la sencillez, siendo un poder para vencer el pecado y predicar con efectividad.
Se señaló que el poder del Espíritu Santo es el secreto del crecimiento de la iglesia primitiva y de cualquier ministerio exitoso, permitiendo compartir la vida del reino de Dios.
Se concluyó que sin la presencia y el poder del Espíritu Santo, el ministerio resulta estéril y en la carne, por lo que es fundamental ser llenos de Él.