Se cuestionó la naturaleza de los viajes presidenciales, argumentando que la mayoría de las actividades incluidas no son reuniones oficiales o bilaterales, sino que tienen un componente privado. Se señaló que, a pesar de la retórica de austeridad del gobierno, se utiliza el avión presidencial y fondos del Estado para estas actividades, lo que genera un alto costo para los argentinos.
Se mencionó el caso del viaje de Adorni, presuntamente pagado por su amigo Grandío, como un ejemplo de cómo se naturalizan estas prácticas. Se criticó la falta de transparencia y la posible intención de que la sociedad acepte estas acciones como correctas. Se hizo hincapié en que, aunque el presidente no pueda cobrar por sus opiniones como tal, la monetización de la presidencia a través de estas actividades es una preocupación.