Viviana continuó sufriendo bajo el yugo de su madre, quien fomentaba la desvalorización a través de insultos y frases negativas, impidiendo que Viviana se sintiera capaz de criar a sus hijas o de tener una vida propia. La situación se tornó insostenible, llevándola a buscar ayuda en la iglesia.
Al acudir a la iglesia, Viviana comenzó a seguir la palabra de Dios, lo que gradualmente transformó su vida. Dejó de sufrir de insomnio, ataques de pánico y las voces internas que la atormentaban. Empezó a valorarse a sí misma, sintiendo el amor de Dios y encontrando paz.
Su vida dio un giro radical: recuperó la tranquilidad, aprendió a amarse y a valorarse. La iglesia le brindó las herramientas para superar la maldición materna y reconstruir su hogar, convirtiéndolo en un lugar de amor y paz para sus hijas, siguiendo los principios de la palabra de Dios.