Viviana González relata cómo cargó durante 40 años con una "maldición" proferida por su madre, quien la hacía sentir inútil y sin valor. Los insultos y descalificaciones maternas afectaron su autoestima, llevándola a la depresión y a tomar decisiones equivocadas, como un matrimonio infeliz del que sufrió maltrato y violencia de género.
Al regresar a su hogar, la situación empeoró, enfrentando dolores de cabeza, insomnio y ataques de pánico. La dinámica familiar se volvió tensa, con su madre desvalorizándola constantemente, incluso delante de sus hijas, quienes dejaron de llamarla "mamá" para referirse a ella como "Viviana".
La opresión se extendió a sus hijas, ya que su madre intentaba influir en ellas para que tampoco valoraran a Viviana y no le permitía trabajar. Viviana sentía que volvía al infierno, limitada y sin poder criar a sus hijas a su manera, replicando la historia de maltrato que ella misma había vivido.