En Magdeburgo, durante la Alemania reunificada, la violencia neonazi afectó a migrantes y refugiados. La iglesia de Gabriel Herbert, que acogía solicitantes de asilo, se convirtió en blanco de skinheads, generando miedo e inseguridad. Juliana, una inmigrante angoleña, fue atacada junto a sus hijos, sufriendo heridas que la hospitalizaron.
A pesar de la violencia, Juliana decidió quedarse, pero aún hoy evita salir sola de noche. Los agresores recibieron penas leves, y durante años el Estado pareció mirar hacia otro lado, mientras grupos de extrema derecha ganaban terreno y normalizaban la xenofobia.