Mirta Romay evoca su infancia al lado de su padre, el productor Alejandro Romay, a quien describe como un gigante visionario y adelantado que creó un mundo para la familia y la televisión argentina.
Relata anécdotas de complicidad, como juegos donde fingían ser novios, visitas al canal en familia con comidas compartidas, y cómo el trabajo de su padre incluía desafíos como incendios en teatros y secuestros, integrando la familia en el negocio.
Habla de sus raíces en Esmirna, Turquía, origen de sus cuatro abuelos, y transita de psicóloga a productora audiovisual tras separarse, desarrollando la plataforma Teatrix que lleva teatro a hogares remotos.
Enfatiza el valor de Teatrix para acceder a obras como la de Víctor Laplace en Don Juan, ofreciendo ficción escapista frente al periodismo constante, y su expansión a Ecuador con Jaime Nebot y provincias argentinas.
Destaca el humor y esfuerzo de su padre, quien estudiaba de madrugada y rompía esquemas, dejando una marca imborrable en ella y en la TV nacional.