Irán utiliza bombas de racimo prohibidas internacionalmente contra Israel, con ojivas que liberan cientos de submuniciones similares a latas de gaseosa o esferas metálicas. Estas bombas, fabricadas masivamente en los 80 y 90, fueron vetadas por más de 120 países mediante la Convención de Oslo de 2008, pero naciones como Estados Unidos, Rusia, Irán e Israel no la firmaron y continúan empleándolas. Cada ojiva dispersa proyectiles que perforan blindajes hasta 17 centímetros, generan fragmentación pirofórica con circonio que se incendia a más de 3.000 grados y provocan fuegos incontrolables, cubriendo áreas equivalentes a canchas de fútbol profesionales.
Un 30% de las submuniciones no detona al impacto y permanece como minas antipersonal, atrayendo a niños por su apariencia juguetona, detonando días después al ser tocadas. Estas evaden sistemas defensivos como la Cúpula de Hierro israelí debido a su tamaño reducido y despliegue masivo, y se lanzan desde cañones convencionales de 155 mm a bajo costo, entre 25.000 y 85.000 dólares por unidad, comparado con millones de misiles avanzados. Se usan en conflictos como Ucrania, donde EE.UU. suministra a Kiev contra Rusia, y ahora en la escalada Irán-Israel.
El panel explica tres fases destructivas simultáneas: penetración, fragmentación incendiaria y minas remanentes. Se menciona que en Malvinas no se usaron armas prohibidas, pero advierten riesgo de escalada con fósforo blanco o químicas por Irán, como gas sarín o mostaza, prohibidas salvo usos señalizadores. Municiones químicas permitidas incluyen gas pimienta o lacrimógenos, pero las letales masivas son baratas y devastadoras, dispersándose por aire con daño biológico prolongado.
La discusión destaca el horror persistente: daños inmediatos y futuros por descontaminación, superando defensas multicapa israelíes. Próximo, entrevista al embajador Diego Guelar desde EE.UU.