Tami, madre sola de mellizos de 20 años en el ejército israelí, relata su orgullo y angustia por sus hijos combatientes en frentes activos. El varón es comandante y la mujer sirve en primera línea, pese a opciones en inteligencia o ayuda humanitaria, dentro del servicio militar obligatorio tras un año de preparación.
La familia lidia con siete frentes abiertos hace dos años y medio, con rotaciones constantes y contacto mínimo: a veces tres semanas sin noticias, solo llamadas breves para chequear si está bien. Están en unidad secreta por acusaciones de genocidio contra soldados israelíes en otros países, como un caso en Brasil; no comparten fotos, redes ni ubicaciones, ni revelan nombres.
Los hijos vuelven felices de misiones, ven su rol como supervivencia ante 2.000 millones de enemigos que buscan destruir Israel. Tami critica desinformación en Twitter que hiere a familias de soldados solitarios. Muestran video de corresponsal explicando misil iraní: tanque de combustible, warhead con bomblets de 40 libras antipersonal diseñados para civiles, no blancos militares.
Tami, en París, vivió prealarma por ataque: ventanales vibraron por interceptación a 15 minutos, booms fuertes la dejaron temblando. Sus hijos están mentalizados, le piden que siga su vida sin distraerlos.