Kabwe en Zambia es uno de los lugares más contaminados por plomo del mundo según la ONU, donde el metal invisible afecta el suelo, agua y aire desde hace décadas, causando problemas de memoria, cansancio y dolores a unas 200.000 personas. Los niños sufren daños neurológicos irreversibles y déficits mentales de por vida, con casi todos mostrando niveles altos en sangre.
Jane Alengo descubrió el problema en su hija Elizabeth, de seis años, quien trajo aceite en vez de sal y olvidaba lecciones en la escuela; el diagnóstico reveló 58 microgramos de plomo por decilitro en su sangre, superando ampliamente el límite de 5 microgramos de la OMS. Elizabeth presenta debilidad, tos persistente y erupciones, y lucha por conseguir pastillas contra el envenenamiento, mientras Jane vende rosquillas para pagar tratamientos caros.
La mina, abierta en 1904 por la británica Rhodesia Broken Hill Company y nacionalizada después, dejó vertederos abiertos tras su cierre en 1994; el 95% de niños cercanos tienen niveles elevados, los más altos del mundo. Una demanda colectiva desde 2020 contra Anglo American busca indemnizaciones para niños y mujeres fértiles, y saneamiento, acusándola de rol clave en operaciones entre 1925 y 1974, aunque la empresa niega propiedad.
Ex trabajadores como Matías, analista de laboratorio por más de 30 años, relatan vapores tóxicos causando debilidad, estreñimiento y muertes prematuras; el gobierno zambiano inició rehabilitación pero Human Rights Watch denuncia pocos avances. Mineros artesanales como Simon Chimanga extraen plomo pese a síntomas y riesgos de derrumbes, ganando apenas para sobrevivir.
Jane limpia obsesivamente para reducir polvo, evita agua contaminada del pozo y huerto envenenado, pero teme por Elizabeth y nietos gestados con plomo; exige ayuda gubernamental para mudarse, mientras peligros persisten tres décadas después del cierre.