El predicador explicó que el Señor no se trata de posiciones elevadas como en las religiones, sino de servicio, recordando cómo Jesús, el creador del universo, se ciñó una toalla para lavar los pies de sus discípulos.
Jesús les dijo que si él, el mayor, sirvió así, nadie tiene excusa para no hacerlo, prometiendo bienaventuranza a quienes practiquen estas cosas con un corazón humilde.
En la Santa Cena, al recordar esto, los creyentes aprenden a tener corazón de servicio y a jactarse de su toalla, no de su manto, anticipando que en el cielo se valorará el servicio.
Advertía que estas enseñanzas no eran para todos, pues Judas estaba presente y no era fiel, traicionando a Jesús pese a caminar con él y ver milagros.
La Santa Cena enseña también el respaldo divino al ser enviados: quien recibe al mensajero de Jesús, recibe a Jesús y al Padre, dando autoridad para compartir el Evangelio.