Las Islas Canarias enfrentan escasez crónica de agua debido a bajas precipitaciones, mucho menores al promedio español, y dependen de métodos innovadores para abastecer a 2,2 millones de habitantes y 15 millones de turistas anuales. Pioneras en Europa desde hace 60 años, fabrican agua desalinizada del océano, extrayendo sal para convertirla en potable, una bendición en islas azotadas por sequías.
En El Hierro, bosques ancestrales de laurisilva, declarados reserva de la biosfera por la UNESCO, condensan humedad de nubes y niebla en sus hojas, filtrándola al suelo para recargar acuíferos. Antiguos habitantes recolectaban esta "lluvia horizontal", mientras en Tenerife se perforaron 1.700 kilómetros de galerías y túneles bajo el volcán Teide para extraer agua subterránea, supervisada exhaustivamente por técnicos como Jaime Coelho.
La historia incluye sequías devastadoras, como la de 1947 en El Hierro que causó hambre, muerte de animales y emigración masiva en veleros ilegales, como el de Juan Ramón hacia Venezuela. En 1964, Lanzarote inauguró la primera planta desalinizadora de Europa, impulsada por empresarios estadounidenses, expandiéndose a 330 plantas que establecen un récord mundial por kilómetro cuadrado.
Hoy, plantas modernas como la de Tenerife producen 30.000 metros cúbicos diarios, cubriendo el 60% del consumo de Santa Cruz mediante filtración y ósmosis, complementada por pozos. Aunque queman petróleo y generan residuos, más de 300 millones de personas globalmente dependen de esta tecnología ante el cambio climático.