Para 2050, la mitad de la población mundial enfrentará dificultades para acceder a agua potable, impulsando el interés global en la desalinización de océanos como recurso casi infinito. Las Islas Canarias, pioneras en Europa desde hace más de 60 años, extraen sal del mar para abastecer a 2,2 millones de habitantes y 15 millones de turistas anuales.
La tecnología desalinizadora resultó una bendición en estas islas secas, azotadas por sequías. Residentes celebran abrir la llave y ver agua dulce fluir, algo impensable sin estas plantas, que fabrican el vital líquido del mar.
Sin embargo, la ilusión de abundancia fomentó una economía hiperdependiente del agua, con efectos latentes como bombas de tiempo. El proceso quema petróleo y genera residuos tóxicos, aunque las islas sirven ahora como laboratorio para explorar límites y mejoras en desalinización.