El pastor detalla los siete bautismos bíblicos, comenzando con el de Moisés en el Mar Rojo para unir al pueblo de Israel a su liderazgo, aunque ya no vigente, y el de Juan el Bautista para el perdón de pecados hasta Pentecostés.
Cita numerosos ejemplos del Nuevo Testamento donde los creyentes, tras oír el Evangelio, creer, arrepentirse y confesar a Cristo, se bautizaban inmediatamente, como Pedro en Hechos 2, Saulo con Ananías, los samaritanos, el eunuco etíope con Felipe, Simón, Lidia, el carcelero de Filipos con su familia y Crispo en Corinto.
Enfatiza que el bautismo es esencial para la salvación, el perdón de pecados y la unión espiritual con Cristo y la Trinidad, en agua y en nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo, como ordenó Jesús, sin demoras ni minimizarlo.
Describe el sexto bautismo, el bautismo de fuego anunciado por Juan sobre Jesús para los incrédulos, un juicio final metafórico del infierno, según Mateo 3 con el contexto de hacha talando árboles infructíferos y separación de buenos y malos arrojados al fuego eterno.
Advierte que se puede evitar arrepintiéndose ya, arreglando cuentas con Dios, pues la muerte llega imprevisible incluso a jóvenes, y cita fuegos destructores divinos como Nadab y Abihu consumidos, rebeldes de Coré, Datán y Abiram y 250 líderes quemados, y enviados del rey Ocosías destruidos, urgiendo no ser condescendiente con el pecado.