Patrick K., un informático de 35 años, cayó en una estafa romántica en Tinder e Instagram donde una falsa mujer asiática llamada Emi lo sedujo con mensajes eróticos y videollamadas.
Durante una videollamada, Patrick se masturbó creyendo que era en vivo, pero lo grabaron y lo chantajearon exigiendo pago para no difundir el video a sus contactos.
Haolu, un exestafador chino ahora en Ámsterdam, revela que trabajaba esclavizado en centros de fraude en el sureste asiático, estafando a 15-25 personas diarias por 16-17 horas.
Estos centros en países como Camboya, Laos y Myanmar operan como call centers, con hasta 100.000 personas forzadas en Myanmar, ganando miles de millones ilegalmente mediante estafas transnacionales conocidas como "pig butchering".
Las redes usan soledad y redes sociales para atraer víctimas, doblegándolas con chantaje sexual grabado.