Centros de fraude en países como Camboya, Laos y Myanmar esclavizan a miles de personas forzadas a estafar a víctimas globales mediante engaños románticos y financieros, generando miles de millones ilegalmente.
Patrick K., un informático alemán de 35 años, fue seducido en Tinder e Instagram por una falsa mujer asiática llamada Emi, quien lo llevó a una videollamada donde se masturbó creyendo que era en vivo; lo grabaron y lo chantajearon exigiendo dinero para no difundir el video a sus contactos.
Haolu, exestafador chino ahora en Ámsterdam, revela que muchos trabajan como esclavos en estos call centers organizados, donde la ONU detecta vínculos con trata de personas.
La tailandesa Jay Kritian recibe llamadas desesperadas de víctimas como un cocinero keniata de 31 años, torturado con palos, descargas eléctricas y encierros sin comida en complejos fronterizos cerca de Myanmar; él ocultó un teléfono para pedir ayuda.
Otro caso es el de un jubilado bávaro anónimo, estafado por Shin Wenha vía LinkedIn con el esquema de 'matanza del cerdo': ganaron confianza con chats y lo llevaron a invertir hasta 30.000 euros en una app falsa de criptomonedas que desapareció su dinero.