El predicador enfatiza que todo líder cristiano debe guiar a las personas a una relación creciente de amor con el Señor y el Espíritu Santo, porque una sola experiencia no basta, como le pasó a Saúl que terminó en el infierno pese a 24 horas de adoración. Toda actividad ministerial debe enfocarse en que la gente dependa del Espíritu Santo, no de hombres o iglesias.
El Espíritu Santo realiza obras divinas como expulsar demonios, por el poder del cual Jesús lo hacía, regenerar personas en el nuevo nacimiento que Jesús explicó a Nicodemo, y resucitar muertos, como promete en Romanos 8:11 para nuestros cuerpos mortales.
En Ezequiel 37, Dios ordena al profeta predicar a un valle de huesos secos, que se juntan formando esqueletos, músculos, carne y piel, pero sin vida hasta que Ezequiel ora invocando al Espíritu para que sople y les dé aliento. Así, la predicación prepara los cuerpos, pero solo la oración trae la vida del Espíritu.
El secreto para una vida y ministerio bendecidos es combinar predicación con oración audaz al Espíritu Santo, porque predicar sola es como un tiro al aire. Esto aplica a esposas con esposos, padres con hijos o en el trabajo: clamen al Espíritu para que dé vida eterna donde la palabra ya obra.
No hay etapa en la vida cristiana sin el poder del Espíritu Santo, que libera de obras de la carne y asegura éxito en familia, trabajo y ministerio mediante relación diaria en el lugar secreto.