El pastor explica el secreto revelado a Ezequiel en el capítulo 37 de la Biblia: la predicación sola no basta para dar vida a los huesos secos, se necesita invocar al Espíritu Santo mediante oración. Ezequiel profetizó y los cuerpos se recrearon, pero faltaba el aliento de vida, que llegó cuando oró audazmente para que el Espíritu viniera sobre ellos. Sin oración, la predicación es un tiro al aire, aplicable a esposos, padres, compañeros de trabajo o ministerios donde la palabra opera pero no hay vida.
La oración logra lo que la predicación no puede sola, trayendo resurrección y transformación. El Espíritu Santo interviene en situaciones desesperadas como matrimonios, hijos o ministerios que parecen valles de huesos secos y blanqueados, prometiendo abrir tumbas y dar vida, como Dios le dijo al pueblo.
Dios transforma desiertos en valles fértiles mediante el poder del Espíritu Santo, cambiando lo muerto en fructífero, sin importar familia, trabajo o nación. Nada está perdido si se clama al Espíritu, que revive lo seco y opera la gran diferencia en tiempos difíciles.
Jesús dedicó mucho tiempo a enseñar a sus discípulos sobre el Espíritu de verdad, quien guía a toda verdad dosificándola para que se entienda, como a un niño. El pastor insta a la iglesia a ponerse de pie, clamar por el Espíritu en familias, hijos, ministerio y nación para la transformación total.