El pastor Cinalli continúa su enseñanza sobre el bautismo en el Espíritu Santo y el don de hablar en lenguas, explicando que en Pentecostés los apóstoles hablaron idiomas humanos reales que no habían estudiado, entendidos perfectamente por extranjeros de diversas nacionalidades presentes en Jerusalén.
Los oyentes, judíos de otros países, se asombraron de que galileos pescadores sin educación hablaran sus lenguas maternas declarando las maravillas de Dios, lo que sirvió como milagro para convencerlos del mensaje divino de salvación. No se trataba de lenguas angelicales, celestiales o ininteligibles, sino de idiomas conocidos en el mundo.
Citando 1 Corintios 12:8-11, aclara que los dones del Espíritu, incluido hablar en lenguas desconocidas, se reparten "a unos" según la voluntad de Dios, no a todos, por lo que no es evidencia suprema del bautismo en el Espíritu Santo ni debe exigirse a los creyentes.
Refuta doctrinas que lo imponen como prueba obligatoria, recordando ejemplos bíblicos como Juan el Bautista, Elizabeth y Zacarías, llenos del Espíritu sin hablar lenguas, y Jesús, quien nunca usó este don sino que habló claro en lengua comprensible. Pablo menciona poco las lenguas comparado con el Espíritu Santo, y son señal para incrédulos, no creyentes.
Enfatiza que el propósito es convencer a los no creyentes del mensaje de salvación, como ocurrió con Cornelio y los gentiles, promoviendo la predicación efectiva sobre cualquier don.