El Espíritu Santo habita en los creyentes obedientes como sello de salvación eterna y templo vivo de Dios, diferenciándolos de las tinieblas. Para recibirlo, hay que cumplir los requisitos divinos: oír la palabra, creer, arrepentirse de pecados, confesar públicamente y bautizarse, convirtiéndose en nueva creación añadida a la iglesia.
La obediencia continua mantiene su presencia, ya que Jesús prometió que el Espíritu permanece siempre en quienes guardan sus mandamientos, permitiendo comunión íntima con Dios, el Padre y Jesucristo. Sin obediencia, no hay poder ni bendición, y Dios mora solo en los fieles al Evangelio.
Expulsar el espíritu de orfandad porque el Paracleto está al lado del creyente en todo momento, guiándolo, fortaleciéndolo contra tentaciones y marcando su vida para siempre. La clave es la comunión del Espíritu, ser llenos de Él con frutos, sometimiento total a la Escritura inspirada por Él y buenas obras de misericordia.
Los hijos de Dios se identifican porque son guiados en cada aspecto de la vida, como dice Romanos 8:14, no viviendo conforme a la carne ni mundanamente, sino según el Espíritu. Vivir carnalmente lleva a la muerte eterna y condenación, mientras que andar en el Espíritu libra de ella.
Pablo enfatiza en Gálatas y Romanos que el creyente debe seguir la dirección del Espíritu Santo como consejero, en cada decisión, para una vida, familia y ministerio bendecidos.