Pablo advierte en Romanos 8 y Gálatas 6 que quienes viven conforme a la carne, es decir, una vida mundana complaciendo la naturaleza humana, cosecharán destrucción y muerte eterna. En cambio, los guiados por el Espíritu Santo, que actúa como consejero y sello de salvación, obtienen vida eterna al preocuparse por las cosas espirituales y evitar la condenación. El creyente verdadero se distingue porque no anda según la carne sino controlado en cada decisión por el Paracleto.
Los llenos del Espíritu no se asemejan a figuras como Simón el mago, lleno de engaño y maldad, ni a Ananías, cuyo corazón Satanás llenó para mentir al Espíritu, ni a los pervertidos de Romanos rebosantes de pecados, avaricia y odio a Dios. En su lugar, manifiestan los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, contra los cuales no hay ley.
La Biblia recomienda no embriagarse de vino sino llenarse del Espíritu, revistiéndose del Señor Jesucristo y no satisfaciendo deseos carnales, suprimiendo malas compañías, pensamientos basura e imágenes degradantes que estimulan el corazón malo y llevan a la condenación.
Ser gobernados por el Espíritu ilumina toda área de la vida, alejándola de tinieblas y del señor de este mundo. Para preparar la venida del reino, urge restaurar la verdad reconociendo errores, invocando correctamente al Padre Creador, diferenciándolo de dioses paganos, y practicar teshuva: orar confesando pecados, tomar un baño de purificación (tevilá) en ducha, río o pileta, arrepentirse llorando y pedir que el Padre rocíe la sangre de Yeshua, el Mesías, del propiciatorio celestial.
Así, la agenda se llena de bien, viviendo en santidad sin hipocresía, buscando hermanos para restaurar todas las cosas y preparar el camino del Mesías. Aleluya, que el Espíritu posea cada aspecto de la vida.