El Espíritu Santo no solo sella a los creyentes como propiedad de Dios, sino que habita en ellos como garantía de salvación eterna y un cuerpo glorificado en el cielo. Esta presencia divina marca a los hijos de luz, diferenciándolos de las tinieblas, y asegura el cumplimiento de las promesas divinas, como la liberación total del pecado.
Dios ha cambiado su forma de acercarse: del cielo, montaña o tabernáculo, ahora el Espíritu Santo mora directamente en el creyente desde Pentecostés. El cuerpo del cristiano es templo sagrado del Espíritu Santo, libre de inmoralidad, y no pertenece al hombre sino a Dios que lo compró.
Para recibir al Espíritu Santo, hay requisitos bíblicos: oír el Evangelio, creer en Jesucristo, arrepentirse, confesar públicamente y bautizarse. El apóstol Pedro, en Pentecostés, exhortó a arrepentirse y bautizarse para perdón de pecados y obtención del Espíritu, convirtiendo al obediente en nueva criatura añadida a la iglesia.
La obediencia continua es crucial para que el Espíritu permanezca: Jesús prometió que Él, el Padre y el Hijo moran en quien obedece. Sin obediencia no hay presencia divina; los fieles mantienen comunión íntima con Dios, ¡qué tremenda bendición no estar solos!