La población infantil de Venezuela se encuentra particularmente vulnerable tras el terremoto, con muchos niños y niñas que han perdido a uno o ambos padres.
Estos menores sufren de miedo, insomnio y traumas que requieren atención especializada para que puedan "volver a ser niños".
A pesar del horror, muestran una notable resiliencia y buscan momentos de alegría a través del juego, pero la falta de recursos básicos como un "huete" (refugio improvisado) dificulta su bienestar.