Se continúa la exhortación a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, diferenciando entre una religiosidad superficial y una transformación interna impulsada por el Espíritu Santo. Se enfatiza que estar "lleno del Espíritu" no es una opción, sino una necesidad para vivir una vida que honre a Dios.
La analogía de la embriaguez se retoma para ilustrar el control que el Espíritu Santo ejerce sobre la persona, de manera similar a como el alcohol puede dominar a un individuo. Sin embargo, mientras el alcohol conduce al desenfreno y a la pérdida de control, el Espíritu Santo otorga autoridad, verdad, claridad y un carácter transformado, capacitando a la persona para enfrentar la vida con sabiduría y valentía.
Se describe cómo el Espíritu Santo cambia al creyente, devolviéndole la imagen original de Dios y haciéndolo "como Cristo". Se alienta a la congregación a hablar entre sí con salmos, himnos y cánticos espirituales, y a mantener una actitud de alabanza y gratitud en el corazón, incluso en momentos de dificultad.