Se define la gracia como un favor inmerecido, enfatizando que la salvación se obtiene por el sacrificio de Jesús, no por méritos propios. Incluso se reconoce que las acciones humanas pueden ser contrarias a merecerla.
Se advierte sobre el peligro de no alcanzar el Reino de Dios y ser llevado al lago de fuego, un lugar de tormento eterno, instando a aceptar a Jesús para una eternidad feliz.