La generosidad de Dios hacia nosotros es sabia y sabe descubrir el potencial de bien que a veces ni nosotros mismos reconocemos. El Señor, conociendo nuestro corazón, no deja de creer en lo que podemos llegar a ser.
Al abandonarnos en Él con fe, la gratuidad y confianza con que se esparce la semilla, junto a la humildad y disponibilidad con que se recibe, hacen crecer los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia y dominio propio, como enseña San Pablo.
Nuestro mundo necesita estos frutos para ser colmado y transformado. Se nos insta a dar espacio a la escucha, lectura y meditación de las palabras de Dios, cultivando momentos de silencio y oración, especialmente durante las vacaciones, para volver renovados y dispuestos a anunciar el Evangelio y colaborar en el crecimiento del Reino de Dios.