Se narra la historia de la mítica perla peregrina, que tras pertenecer a la realeza española y a Napoleón III, fue vendida para financiar campañas políticas. Eventualmente, fue adquirida por Richard Barton, quien se la regaló a Elizabeth Taylor.
Taylor, gran amante de las joyas, engarzó la perla en un collar de rubíes y diamantes creado por Cartier. Tras su muerte, la perla se vendió en subasta por más de 11 millones de dólares.