El predicador explica que la ley de Moisés se enfocaba en lo externo, pero la ley de Dios mira el corazón. Advierte que la lujuria, incluso en pensamiento, es comparable al adulterio y llama a extirparla como si fuera un ojo que hace caer en pecado.
Señala que la salvación y la gracia de Dios no dan permiso para hacer lo que se desea, y que el riesgo de perder la salvación es real. Jesús mismo, según el predicador, instaba a arrancar el ojo que causa pecar.
Además, se aborda el tema del divorcio, contrastando la ley antigua que permitía el divorcio con una simple carta, con la enseñanza cristiana que considera adulterio el divorcio sin causa de infidelidad, e incluso el casamiento con una persona divorciada.
Finalmente, se enfatiza que la enseñanza cristiana busca cambiar el corazón y promover relaciones matrimoniales sanas, en lugar de seguir reglas externas. Se desaconseja el juramento, sugiriendo que la palabra del cristiano debe ser suficiente y confiable por sí misma.