Dormir con la luz encendida interfiere con el sistema nervioso autónomo, elevando la frecuencia cardíaca, la presión arterial y los niveles de estrés.
La exposición nocturna a la luz mantiene al organismo en un estado de alerta leve, dificultando la disminución de la actividad necesaria para el descanso y la reparación de tejidos.
Este patrón de sueño alterado puede afectar la sensibilidad a la insulina y favorecer la acumulación de grasa, incrementando a largo plazo el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Los expertos recomiendan dormir en completa oscuridad, evitar pantallas antes de acostarse y, de ser necesaria una luz, optar por baja intensidad y tonos cálidos.