La historia narra la vida de un hombre rico, coleccionista de arte, cuyo único hijo muere trágicamente. Antes de su muerte, el hijo salva la vida de un soldado, quien meses después, como muestra de gratitud, le regala al padre un retrato del hijo pintado por él mismo.
Tras la muerte del padre, se organiza una subasta de su valiosa colección. Sorprendentemente, la primera obra a subastar es el retrato del hijo. Ante la indiferencia de los asistentes, que esperaban las obras famosas, un humilde jardinero, conmovido por sus recuerdos, ofrece una pequeña suma por el cuadro.
El subastador revela entonces una cláusula del testamento: el único cuadro a subastar era el del hijo, y quien lo adquiriera heredaría toda la fortuna, incluida la colección de arte. El jardinero, al quedarse con el retrato, se convierte en el único heredero.
Esta anécdota se presenta como una alegoría de la relación entre Dios, la humanidad y Jesucristo. Dios, como padre dueño de todo, entrega a su único hijo por amor a la humanidad. Al igual que en la subasta, la oferta por el "hijo" (Jesucristo) es despreciada por muchos, pero aceptada por aquellos que comprenden su valor, recibiendo la "herencia" de la salvación y la amistad con Dios.