Se enfatizó la importancia de escuchar la voz del Espíritu Santo y no endurecer el corazón, ya que rechazarla implica rechazar la única fuerza que guía al arrepentimiento y a la comunión con Dios.
Se advirtió que ignorar deliberadamente la guía del Espíritu Santo, como hicieron los fariseos, lleva a cometer el pecado imperdonable de blasfemia, que no tiene perdón.
Se explicó que este pecado es el resultado de un progreso gradual en el mal: entristecer, resistir y finalmente apagar al Espíritu Santo.
Se concluyó que quienes le dan la espalda a Dios y no atienden la voz del Espíritu que los impulsa al arrepentimiento son los que deben preocuparse por haber cometido el pecado imperdonable.