Se afirmó que el secreto del crecimiento de la primera iglesia y de cualquier ministerio eficaz radica en la presencia y el poder del Espíritu Santo.
Se advirtió que sin la presencia y el poder del Espíritu Santo, el ministerio y el trabajo resultan espurios, sin resultado y en la carne.
Se destacó que la iglesia primitiva y su obra misionera dependieron de líderes llenos del Espíritu Santo, y que la obra actual también requiere esta dependencia.
Se concluyó que la clave es desarrollar una relación creciente con el Espíritu Santo y ser llenos de su poder para ser santos, humildes, predicar y testificar con eficacia.