Se relató el inicio de la Iglesia en Pentecostés con el descenso del Espíritu Santo, quien convocó multitudes, inspiró a Pedro a predicar y convenció a miles de personas, guiando la obra a través de los apóstoles.
Se resaltó que el Espíritu Santo unifica a la Iglesia, mientras que el diablo es quien divide, y que la guía del Espíritu Santo promueve la paz y la unidad.
Se mencionó la importancia de la oración en el espíritu, guiada por el Espíritu Santo, y se diferenció de la oración en la mente o en la carne.
Se concluyó que los hechos de la Iglesia primitiva fueron obra del Espíritu Santo actuando a través de los apóstoles, quienes eran colaboradores y siervos inútiles, enfatizando la necesidad de no excluir al Espíritu Santo de los programas cristianos para que el mensaje transforme los corazones.