Se afirmó que el Espíritu Santo es quien elige y llama a los líderes de la Iglesia, y que su gobierno es esencial para el funcionamiento de la misma.
Se advirtió que la presencia de Dios no depende de un cartel o de la estructura externa de una iglesia, sino de si se le honra y respeta.
Se recalcó que si el Espíritu Santo está a cargo y se le respeta, la iglesia prospera, a diferencia de cuando los hombres toman el control, lo cual puede llevar a la división.
Se enfatizó la importancia de la dependencia del Espíritu Santo para la elección de líderes y el éxito de la obra, citando el ejemplo de la primera iglesia.