Se describe el sistema político israelí como basado en la proporcionalidad absoluta, donde ningún partido alcanza la mayoría absoluta de escaños en el ANESET (Parlamento).
Para gobernar, se requieren coaliciones, lo que otorga un poder desproporcionado a partidos minoritarios y una gran capacidad de veto.
Se concluye que el sistema es prácticamente ingobernable, excepto en situaciones de crisis extrema o guerra.