La séptima bienaventuranza destaca a los pacificadores como hijos de Dios, aquellos que promueven la paz y evitan generar divisiones. Se enfatiza la importancia de ser rápido para arreglar conflictos y mantener la unidad en todos los ámbitos de la vida.
Se advierte contra la tendencia a ser rencorosos o peleadores, incluso escudándose en el carácter. Ser un pacificador implica una disposición a la reconciliación y a evitar la confrontación innecesaria, buscando siempre la armonía.
La actitud de pacificador es un distintivo de los hijos de Dios, quienes son llamados a llevar la paz y a cuidar las relaciones interpersonales. La Biblia recomienda tratar de estar bien con todos, demostrando una voluntad de arreglo y entendimiento.