La obra del Espíritu Santo es vital para el avance del reino de Dios y para deshacer las obras del diablo. Para que el Espíritu descienda y obre, los cielos deben abrirse, lo cual ocurre a través de la oración y la obediencia.
Jesús, al ser bautizado, experimentó la apertura de los cielos y fue lleno del Espíritu Santo. Su ministerio estuvo marcado por esta comunión divina, que le otorgó autoridad y poder.
La vida de oración de Jesús fue la fuente de su fortaleza y autoridad. La lección es clara: sin oración, los cielos no se abren y el Espíritu no desciende, lo que limita nuestra capacidad para cumplir la misión encomendada por Dios.