Se afirma que la nueva vida en Cristo determina la realidad sexual, no la cultura. La palabra de Dios sobre el matrimonio, el divorcio y la sexualidad sigue siendo revolucionaria y contracultural.
Se aborda el adulterio, contrastando la visión secular que no lo considera delito con la condena bíblica. Se citan pasajes como Hebreos 13:4 y Primera de Tesalonicenses 4 para enfatizar que Dios castigará a los fornicarios y adúlteros.
Se aclara que la pureza no es sinónimo de virginidad, sino una posición de santidad frente al tema sexual. Se enfatiza que la virginidad física no es el único factor, sino la decisión de vivir según la palabra de Dios, buscando la castidad y la adoración a Dios.