Se enfatiza que el siervo de Dios debe proclamar audazmente la palabra, orar y esperar pacientemente la obra del Espíritu Santo, reconociendo que Dios obra mediante un proceso que lleva tiempo.
Se resalta que ninguna situación está más allá del poder transformador del Espíritu Santo, pudiendo convertir un desierto en un valle fértil y obrar un cambio profundo en situaciones familiares, ministeriales o laborales, brindando esperanza donde parece no haberla.