Se continuó argumentando que el Espíritu Santo es Dios, destacando sus atributos divinos. Se mencionó que el Espíritu Santo es omnipotente, como lo demuestra su participación en la resurrección de Jesucristo y en la concepción virginal de María.
Se señaló que obras como la resurrección y la concepción son milagros que solo Dios puede realizar. También se recordó que Jesús mencionó que la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable, lo cual solo tendría sentido si el Espíritu Santo fuera Dios.
Además, se afirmó que el Espíritu Santo es omnisciente, ya que examina todas las cosas, incluso las profundidades de Dios, y tiene la capacidad de revelar la sabiduría y los pensamientos divinos. Se concluyó que quien conoce todo lo que Dios sabe, es Dios mismo.