Se analiza la tendencia a disputar el legado y la memoria de líderes populares tras su muerte, como ocurrió con Evita, Néstor Kirchner, Hugo Chávez y el Indio Solari. Se argumenta que, ante la imposibilidad de refutar sus ideas o su impacto, se ataca la figura y el cuerpo del difunto.
Esta disputa se cruza con teorías conspirativas y odios políticos, pero se hace un llamado al respeto hacia la víctima y a un silencio prudencial ante la muerte, reconociendo que esta última termina con cualquier rivalidad.