La tensión en la casa de Gran Hermano escala con la "guerra por la comida y por la cocina", que se ha convertido en un factor de poder. Los participantes se muestran cada vez más enojados y a la defensiva, controlando milimétricamente el uso de los recursos. Incidentes como el de un participante que esconde café y no lo comparte, o el debate sobre el uso del aceite, evidencian la disputa por el control de la cocina.
Se menciona que Manu, uno de los participantes, prohibió el consumo de aceite para cuidar los recursos, pero luego fue visto comiéndoselo solo con pan. Esta actitud genera indignación y refuerza la percepción de un ejercicio autoritario del poder dentro de la casa. La situación llega al punto de considerar esconder la máquina de café para generar más conflicto.
La discusión sobre quién cocina y quién controla los alimentos se vuelve central, con participantes como Silly quejándose de la situación y, al mismo tiempo, siendo acusada de robar café. La escasez de recursos amplifica las tensiones y lleva a los concursantes a estrategias extremas para gestionar la comida.