Se relata la historia de Balán, un hechicero contratado para maldecir al pueblo de Israel. A pesar de sus intentos y hechizos, ninguna maldición surtió efecto porque Dios protegía a su pueblo, su "posesión más preciada".
Se destaca que el Espíritu de Dios revertía las maldiciones en bendiciones. El Señor está con ellos y ninguna maldición o magia puede tocarlos. Dios tiene el poder de transformar maldiciones en bendiciones, humillando a los enemigos.